Carmenza Botero, pedagoga de la música, la palabra y el movimiento

“Hay una alianza muy grande entre la música, la palabra y el movimiento y todas son fuentes musicales y fuentes de música”. Así define Carmenza Botero lo que se ha convertido en el motor de su carrera. Después de recorrer un largo camino, llegó a definir que la música no era un tema del canto o de tocar un instrumento y empezó a hablar de la sonoridad. De la música como la posibilidad de escuchar. De apreciar los sonidos del cuerpo, el latido del corazón, el caminar rítmico o arrítmico así como todos los sonidos que nos envuelven dentro y fuera del vientre.

(Para escuchar en la voz de ella su ponencia sobre Sonoridad en primera infancia, click aquí y atentos después del minuto 12)

Mi voz, mi cuerpo, mi oído, mi ser, están cargados de elementos con los cuales yo puedo hacer música. Empecé con esa carreta del cuerpo suena, la música no puede estar sujeta a que el profesor sea violinista o músico formal.  La sonoridad es todo lo que nos permite crear ambientes sonoros, el cuerpo, los elementos, la voz, el silencio. Me interesa que la música no esté asociada a un músico o a los instrumentos formalesCarmenza Botero

Para esta artista y pedagoga, la música tiene que entrar por el placer y aunque ella aprendió la música desde el entrenamiento entendió que no podía obedecer a eso y que al contrario había que desentrenarlo todo y ver el potencial que trae en sí mismo y en su estado más natural cada bebé.

Desde muy pequeña, Carmenza Botero se sintió atraída por la música. Cuando escuchaba el coro de su colegio no dejaba de preguntarse por qué esos sonidos le producían emociones tan maravillosas. A sus siete años, un profesor de música del colegio hizo un concurso de canto que ella ganó con un bambuco, y fue así como descubrió su voz. Sus ganas por experimentar con la música crecieron y, en cuarto de primaria, gracias a su insistencia perteneció a ese coro que tanto la llamaba y con el que interpretó música coral del barroco y el renacimiento. Su voz se convirtió en su instrumento.

Cuando se graduó del colegio no dudó en estudiar música. Tomó su instrumento y se presentó en la Universidad Nacional donde le dijeron que no tenía formación musical y que había empezado muy tarde. Era 1980, las alternativas para estudiar artes eran escasas ,y aunque la UNAL siempre fue su principal opción, no era la única. Recogió su instrumento del conservatorio y lo llevó a la Universidad Pedagógica donde fue aceptada en la licenciatura en pedagogía musical. Esa pasión que en un principio ella había sentido de niña con los sonidos, la cadencia y el ritmo tenía que estar en los oídos y cuerpos de todos, pero principalmente se aferró a la idea de que la música tenía que ser un asunto de los profesores.

Vinculada a la Universidad Pedagógica, esta vez desde el programa de educación, lideró la batalla para que los futuros maestros de primaria tuvieran bases musicales y una formación musical mínima, empezando por aumentar las clases de música en su formación como pedagogos. Después de varios años, la música empezó a ser un tema opcional dentro de currículum y Carmenza decidió irse, perdiendo esta batalla, para estar en contacto directo con los niños.

En todo ese trayecto que estuve en la Universidad Pedagógica, en el departamento de educación fui evidenciando que la música favorecía el desarrollo integral del ser humano y que tenía que ser un derecho al que todos tenían que poder acceder. Sentía más la necesidad de decir que la música recibe con afecto al ser humano, lo consiente, lo mima, lo acoge como es. Ese haber sido acogido le da al ser humano una posibilidad de relacionarse con otros y esa posibilidad los hace ser unos ciudadanos que tienen en cuenta al otro y que se sienten parte de una comunidad y responsables de ellaCarmenza Botero

Ocupó el cargo de profesora de música en un colegio en bachillerato y allí comprendió que su tarea tenía que comenzar más atrás. Trabajó en primaria, en preescolar y continuó su camino descendente hasta llegar al vientre materno.

“Iba evidenciando las bondades de ese momento tan bonito, en el que el bebé escucha y recibe desde el vientre materno. En su desarrollo temprano del aparato auditivo, de la información que reciben y los balbuceos que empiezan a salir con finales de frases, sílabas y palabras cantadas como pequeñas melodías”.

Así que con la bandera de la música como derecho y no como un lujo, se situó en ese vientre para empezar a crear desde ahí lo que se convertiría en la pedagogía desde el arte y el enaltecimiento de la imagen del bebé como un ser cargado de potencial.  

Todos los días de lunes a viernes trabaja con los niños en las mañanas en el jardín y por las tardes, Malaquita ofrece talleres con familias, papás, niños, abuelos, o cuidadores, que van con sus niños más pequeños los martes, miércoles y sábados. El equipo de Malaquita es un equipo interdisciplinario que cuenta con pedagogas con pasiones artísticas, literarias y musicales, así como psicóloga, terapeuta ocupacional y terapeuta del lenguaje.

Empezó un programa con las madres gestantes con el programa Leer es crecer, donde acompañaba a las madres gestantes de la localidad de Suba que eran menores de edad y que por su contexto, edad e incluso situación de embarazo cargaban con muchas frustraciones que Botero empezó a transformar con música. Les brindó herramientas para darle la bienvenida a ese bebé en un espacio donde tenían a su alcance libros, música y experiencias llenas de afecto.

Muchas mamás dejaron de asistir luego de dar a luz, pero otras continuaron en el proyecto y empezaron a sugerirle a Carmenza que abriera un jardín para sus bebés y así nació Malaquita. “Yo no quería poner una academia de música, sino un lugar que le ofreciera a los niños y a las familias el acceso al lenguaje musical al servicio del desarrollo integral”.

Hasta ese momento su trabajo con las madres gestantes y los bebés no estaba apoyado por ley, los niños entonces no eran ciudadanos, y no se comprendía que las primeras etapas del desarrollo y las experiencias en la primera infancia fueran tan determinantes para el ser humano. Pero, en 2007 nació Malaquita y con ella también la ley de infancia y adolescencia.

“Antes oír los discursos de la política educativa era tedioso. Era algo más como de entrenamiento, estimulación temprana, conductismo. El tema del afecto y la particularidad no se hablaba, o solo en los terrenos de privados y privilegiados de la educación”. Malaquita nació con esa ley, así como los proyectos que potenciaban un ambiente sano, acogedor, lector y seguro para los niños.

Acá no se entrena a ningún niño para tocar nada sino para escuchar con mucho placer, a descubrir cosas en lo que escuchamos, la audición es una de las dimensiones. Escuchar un cuento, la conversación con los amigos, escuchar el recreo, las nubes, el campo. El tema de la entonación va apareciendo poco a poco, y la parte de exploración con todo lo que suena es otro campo importante, en el que ellos hacen sonar lo que sea. No deben tener instrumentos de ninguna calidad, sino alternativas sonoras: el agua, cómo cae una fichita, cómo suena una pelota al rodar por el piso, cómo puedo sonar cuando rompo burbujas de jabón. Es bonito ver cómo pueden acercarse a eso, cómo se sorprenden y lo llevan a uno a sorprenderse con lo que descubren, son mejores ellos para descubrir que unoCarmenza Botero

Parte de esa aproximación al mundo musical es entregar música, entregar sonoridad desde el verbo, la conversación, el saludo, la poesía, el canto, y desde el cuento, generando una alianza con lo que se oye y con lo que el cuerpo va sintiendo, con lo que se oye, que es el movimiento en todas sus dimensiones.

Carmenza Botero está convencida que no fue la única que emprendió un viaje que significó sacrificar su yo musical para favorecer el futuro de los niños en un país con profundas desigualdades, con oportunidades distintas desde el vientre materno para los niños. Cuando Botero apenas tenía 16 años y se vio en la tarea de escoger una carrera como la de música, solo tuvo a su alcance dos opciones: una fue posible y la otra impenetrable.

Gracias a su trabajo y al de docenas personas que, como ella, creen ciegamente en la importancia de la sonoridad y la música para el bienestar de la humanidad, en Colombia  hay por lo menos 11 departamentos de música en universidades bogotanas, escuelas, academias, y más de 60 departamentos de música en el país. Y, por supuesto, han surgido múltiples programas enfocados en la primera infancia.

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