Las casas de pensamiento de Bogotá. Una crónica de la interculturalidad

“Que sepan que el lugar para aprender es en la naturaleza, con flores, con río y con peces: “así hay alegría”.

Que nos enseñen a amar y a conocer la naturaleza.

Los jardines deben tener juguetes, colores para enseñarles a los niños a escribir, a pintar, que aprendieran a leer, a saltar, que adentro hubiera algo como un tapete para dormir, también sala de profesores, salones grandes, libros, más juguetes, y lluvia para que haga crecer las flores y árboles que hay alrededor.

Se deben hablar el idioma español y el idioma indígena”.

Respuestas de los niños al preguntarles cómo quieren y se imaginan su jardín.

Lineamiento pedagógico para la educación indígena inicial

 

Casa de pensamiento Payacua. Fotos de MaguaRed

En una de las zonas más industriales de Bogotá, Ricaurte localidad de Los Mártires, se encuentra la casa de pensamiento o jardín intercultural Payacua, que acoge en promedio a más de 108 niños de 0 hasta los 5 años, 11 meses y 29 días de distintos pueblos indígenas. 42 niños Emberas representan el mayor número de estudiantes que cobija en este espacio a los niños Pasto, Eperara, Huitoto, Afros, Tikunas, así como otros niños que no se reconocen como indígenas.

Una red de tejido se desprende por los techos y paredes de los espacios de la casa en la que no se transita sin hacer un ritual de limpieza o armonización precedido por la gobernadora del cabildo. Los salones o nichos están decorados con murales de los sabedores en sus atuendos tradicionales. La casa de pensamiento cuenta con una maloka cuyo centro está representado por planetas rodeados por un círculo de tejido, allí es el lugar para el ritual de armonización, pero también para que los niños tengan un espacio de diálogo en sus butacos de pensamiento,  rodeados de semillas sagradas, telares e instrumentos tradicionales.

En otro de los salones se encuentra una pequeña huerta que les recuerda de alguna forma su relación con las plantas. Es un jardín infantil poco convencional, un espacio para celebrar la diversidad y la interculturalidad.

En Payacua los grados no son pre jardín, ni párvulos. Como explica, Gloria Orobajo, Coordinadora e indígena de la casa de pensamiento, las fases lunares son las causantes de darle nombre al desarrollo de cada niño como las semillas sagradas que son. La luna nueva es la sala materna, que va desde el proceso de gestación hasta cuando caminan, en esta fase conservan un lazo muy fuerte con sus raíces que identifican en sus familias y maestros. Cuando cumplen dos y tres años, hacen parte de la luna creciente, que caracteriza su proceso de exploración, apropiación y autonomía. Desde los cuatro hasta los cinco años los niños ya controlan sus esfínteres y tienen mucha fuerza y vitalidad por lo que son identificados con la luna llena. Cuando cumplen sus cinco años, once meses y 29 días, se inicia un proceso de transición, con el que dejarán la casa para iniciar el colegio. En esta fase, representada por la luna menguante, los niños vuelven a la calma, a sus raíces y comprenden que todo puede ir a su ritmo.

Payacua nació por una iniciativa de la comunidad Pasto que pedía el reconocimiento de su cultura y exigió la apertura del jardín. En la marcha se dieron cuenta que el pueblo Pasto no era el único que llegaba a la zona y que había una fuerte representación de las Embera desplazados por el conflicto armado.

La idea de las casas de pensamiento es que los niños indígenas que se encuentran en situación de vulnerabilidad o que son víctimas del conflicto y llegan a Bogotá, tengan un lugar para aprender y no desconectarse de su territorio o su lengua. Que, en el momento de retornar a sus comunidades, su relación con las plantas, percepciones y sentidos no se pierdan.

Los niños de la casa de pensamiento viven en pagadiarios, que como su nombre lo indica, son habitaciones que alquilan por un día o en los albergues dispuestos por la Unidad de víctimas para esta comunidad, en San Cristóbal sur. Fotos de MaguaRed

En 2008, se abrió la primera casa de pensamiento, Wawita Kunapa Wasi, que significa ‘Casita de los Niños’ en la localidad de la Candelaria por iniciativa del cabildo Inga, por lo que se convocó en ese momento a la Secretaría Distrital de Integración Social para que fuera el vehículo en ese proceso y así empezaron a surgir las casas de pensamiento.

Hoy son diez, Wawita Kunapa Wasi (Casa de niños) del Pueblo Inga; Uba Rhua (Espíritu de la Semilla), Muisca de Bosa; Makade Tinikana (Caminar Caminado) del Pueblo Huitoto, en San Cristóbal; Kÿhÿsa Aguazgua (Valle de Niños) y Gue Atÿqíb (Casa de Pensamiento), los dos del Pueblo Muisca de Suba; además del Semillas Ambiká Pijao, en Usme y Wawakunapak Yachahuna Wasi (Casa de enseñanza para niños) del Pueblo Kichwa de Engativa, “Shush Urek Kusreik Ya” de los Misak, en Fontibón, Khpy’sx Zxuunwe’sx (Nietos del trueno) localidad de Kennedy ,Shinyac ubicada en la localidad de Santa Fé y Payacua en la localidad de Los Mártires.

Estos espacios, ofrecen un servicio de atención integral y diferencial a los niños desde procesos educativos que ponen en diálogo el saber ancestral con la formación y plantea caminos para la construcción de conocimiento.

De esta forma, los usos, costumbres y pensamiento de los pueblos indígenas se enseñan a través del acercamiento a la agricultura, el tejido, la cerámica, la orfebrería, la música, la danza, la medicina tradicional y la lengua, entre otros saberes y artes.

Como explica Alexandra Niampira, representante de la subdirección para la infancia de la Secretaría de Integración Social, es la conjugación de los servicios de primera infancia y la movilización de los saberes ancestrales.

El ritual de Armonización se lleva a cabo cada lunes para que maestras, cuidadores y sabedores se preparen para la atención a los niños. El ritual lo realiza la gobernadora del pueblo Nasa, María de Jesús. Fotos de MaguaRED


Algunas de las maestras, hacen parte de la comunidad y juegan un papel activo dentro del cabildo que les permite en las casas de pensamiento movilizar el saber cultural de la mano de los sabedores; que son conocidos, como abuelas, abuelos, taitas, autoridades, mayor o mayora y son los pilares del proceso cultural que transforman el lineamiento pedagógico, acompañan y movilizan el pensamiento de cada uno de los pueblos.

Cada casa de pensamiento, parte de una construcción del proyecto pedagógico que es autónoma y se basa en la cosmogonía, las historias de vida y el propio escenario de participación.

Los tres pilares que están presentes en todas las casas y de manera distinta, son las costumbres la siembra y la espiritualidad. Los niños que crecen en estos entornos, ven la diversidad y la diferencia de forma natural, se acercan a la música, conocen de su pasado y ancestros, así como cultivan un amor por la tierra, las plantas y con los demás.

Algunas maestras son hablantes de lengua y eso permite un entendimiento de la importancia del lenguaje que va mucho más allá de una forma de comunicación. Como cuenta Alexandra, se presta a que el ejercicio sea más cercano a los que no hablan español. Por ejemplo, los Embera no reciben alimento hasta que escuchan a alguien hablar en su lengua.  En los casos en que los niños no se reconocen como indígenas, pero requieren la atención se hace un trabajo de identificación en donde se evalúa que cumplan con los requisitos de priorización como vulneración de derechos.  

Las casas se transformaron para abrirse a la comunidad y tengan una oportunidad de reconocer otras prácticas, experiencias, otra lengua y así convertirse en otro escenario de integración y encuentro entre las familias.

El lineamiento pedagógico y la construcción de las casas, se realizó a partir de la mirada propia de las autoridades indígenas, que se llevó a cabo en círculos de palabra (una figura similar a los grupos focales), en los que se dio una dinámica de diálogo entre todos los participantes que, a partir del conocimiento del proyecto, manifestaron sus recomendaciones y planteamientos. Estos círculos de palabra, parten del carácter sagrado que tiene la palabra entre los pueblos indígenas, del profundo respeto que tienen por el pensamiento y la voz del otro, y por la disciplina para la escucha y la valoración del silencio de los demás.

Los niños y niñas fueron consultados en dos grupos. El primero se reunió con niños de la comunidad Emberá en situación de desplazamiento y extrema vulnerabilidad, donde se contó con la traducción de los adultos; el segundo grupo fue conformado por niños indígenas vinculados a las comunidades organizadas en Cabildos y a otros procesos organizativos. En total se contó con 56 niños y niñas indígenas en 2 talleres. Allí, se desarrollaron actividades de expresión corporal, gráfica y musical, entre otras, por medio de las cuales se indagó lo que les gustaba y lo que no les gustaba de la ciudad, el campo, la educación, la escuela y las familias.

La jornada aún no termina en la sala materna o luna nueva en Payacua, en donde Diego Tupáz sabedor Pasto, lee Wangari y los árboles de paz, una historia de una mujer negra que decide reforestar hasta ver su tierra verde como la conoció. Después, se arma como un hombre orquesta de tambora y capador,  algunos niños bailan a su alrededor, otros lo miran con extrema curiosidad y atención, la calma se apodera del lugar para estos niños que apenas han aprendido a caminar en su fase lunar.

 
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2 Comentarios

  1. Martha Cecilia

    . “42 niños Emberas representan el mayor número de estudiantes que cobija en este espacio a los niños Pasto, Eperara, Huitoto, Afros, Tikunas, así como otros pequeños que no se reconocen como indígenas.”
    Considero importante recordar que no hablamos de pequeños ni de estudiantes en las unidades operativas de la SDIS, hablamos de los Niños y las Niñas.
    Falta mencionar la casa de pensamiento intercultural Shinyac ubicada en la localidad de Santa Fé del pueblo Camentsá.
    Por lo demás la nota está interesante.

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