#CuentosDerechos 3: Niños y niñas tienen derecho a un nombre y nacionalidad

La actividad #CuentosDerechos es una invitación de nuestro proyecto para que las familias (y todas las personas que trabajan en entornos educativos y culturales para primera infancia) compartan con los niños y niñas conversaciones sobre sus derechos que se sugieran a través de las expresiones artísticas. Cada derecho, de 12 que entregaremos en total, incluye un cuento que sugerimos contarles mientras ellos dibujan lo que piensan y sienten. A quienes participen según nuestros términos y condiciones les enviaremos un libro de regalo y otros detalles especiales para algunos seleccionados que entreguen por escrito experiencias valiosas, testimonios del proceso y nuevas ideas.

Los niños y las niñas tienen derecho a un nombre y nacionalidad.

Para participar en la actividad y hablar a los niños específicamente sobre este derecho sugerimos el cuento a continuación. Los dibujos y experiencias en texto que recibamos aparecerán publicados en diciembre 2017 en una revista digital (para leer gratis en línea, descargar e imprimir).

Derechos de las niñas y los niños, Cuentos

En la caja de juguetes todos eran diferentes y, de tanto estar juntos, habían aprendido a vivir en un lugar sorprendente, tan pequeño que nadie sospecharía el tamaño del universo que encierra en su interior. Cada uno de sus habitantes traía consigo historias y recuerdos de los lugares que los vieron nacer y todos los miércoles por la mañana, cuando los niños de la casa estaban en la escuela, extraños sonidos provenientes de la caja de plástico despertaban al perro y lo obligaban a cambiar de lugar para continuar con su siesta.

Eran las voces de los habitantes de la caja, imperceptibles para los humanos e incomprensibles para las mascotas, voces de juguetes con iniciativa y ganas de entender el mundo, que se habían organizado para contar cosas sobre su pasado una vez por semana. Cada quien preparaba su cuento con anticipación, juntando lo mejor de sus recuerdos y de lo que había oído sobre la vida en su tierra natal. Julieta, la muñeca de trapo mexicana, había dejado a todo el mundo boquiabierto con historias sobre antiguas pirámides que construyeron gentes muy sabias. Rodolfo, el carro rojo de colección, habló con demasiados detalles sobre la industria automotriz del Japón y el público no reaccionó como él hubiera esperado, pero todos quedaron boquiabiertos cuando, en la siguiente sesión, habló sobre hermosos objetos hechos con papel doblado que adornan casas y oficinas en la isla de donde vino.

Casi siempre hablaban los mismos, no porque los otros no tuvieran pasado o historias para contar, sino porque también hay juguetes tímidos que prefieren escuchar y dejar volar su imaginación escuchando a los demás. Pero ese no era el caso de la vieja volqueta de madera que moría de ganas por saber de dónde había venido. Es cierto que recordaba algunas cosas de su pasado, pero llevaba varias semanas pidiéndole a Benjamín, el espejo de plástico irrompible, que le ayudara a mirarse para encontrar su etiqueta y, por mucho que variaban el ángulo, la potencia y la distancia de la luz, nada que la encontraban. La volqueta no sabía de dónde era y lo peor es que tampoco tenía claro cómo se llamaba. Todos le decían volqueta, a secas.

Pues Volqueta recordaba con mucha alegría el día en que el papá de los niños de esta casa la recogió en una arenera en la que al parecer llevaba varios días abandonada. De ahí para atrás todo era difuso, era como si ese doloroso momento en que sus antiguos dueños la dejaron botada le hubiera borrado la memoria. Aunque la volqueta hubiera preferido que nadie se enterera, tuvo que explicarle a Miranda, la peinilla, por qué pasaban tanto tiempo con el espejo y ella, que sí conversaba con todas las muñecas a las que peinaba, las fue convenciendo de lo mucho que la volqueta las necesitaba.

Por extraño que parezca, esta volqueta fue invitada a jugar con las muñecas y, después de peinarle el techo y pulirle las ventanas, se fueron turnando para dar una vuelta montadas en su espalda. Entre tanto, conversaban. La volqueta, que nunca había tenido oportunidad de hablar tanto, estuvo contándoles que había oído historias sobre un muro amarillo, que había visto palacios con techos curvos y que su más valioso recuerdo era la hermosa la sonrisa de un hombre viejo de ojos pequeñitos que la observaba satisfecho mientras lijaba su parte delantera. Las muñecas tomaron atenta nota de los detalles y durante toda la semana conversaron con sus contactos dentro de la caja hasta encontrar a los paisanos de la volqueta. Fue así como el siguiente miércoles Silvia, la bebé de plástico, Miguel, el cocodrilo de cuerda y Esteban, el piano de pilas, pidieron el turno para contar juntos una historia. Hubo mucha sorpresa porque eran de los tímidos que nunca habían hablado, así que todos los escucharon con atención. Los tres combinaron sus recuerdos y hablaron de palacios habitados por familias de emperadores, de la construcción de una muralla que se ve desde la luna y también hablaron sobre reptiles voladores capaces de expulsar fuego por la boca. Miranda y Benjamín observaban atentamente a la volqueta, que lentamente se fue acercando. Su cuerpo se estremecía con cada palabra y las muñecas sonreían. La cabeza de la volqueta se fue llenando poco a poco de hermosas imágenes, Silvia, Miguel y Esteban podían notarlo en su sonrisa. Y entonces la invitaron a contar su historia. Ella, con la voz entrecortada, les dio las gracias a todos por devolverle sus recuerdos y les contó la vida del viejo Shaoran, el artesano chino que la talló cuando tenía 82 años. Ahora todos saben que tienen el honor de convivir con Mu Ming, la única e irremplazable volqueta de madera brillante de la China a la que no le interesa recordar cómo alguien tan especial como ella llegó a estar tirada en una arenera.

¡A participar! 🙂

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