#CuentosDerechos 6: Niños y niñas tienen derecho a expresarse

Vean abajo el cuento que les sugerimos para hablar con los niños sobre su derecho a expresarse.

La actividad #CuentosDerechos es una invitación de nuestro proyecto para que las familias (y todas las personas que trabajan en entornos educativos y culturales para primera infancia) compartan con los niños y niñas conversaciones sobre sus derechos que se sugieran a través de las expresiones artísticas. Cada derecho, de 12 que entregaremos en total, incluye un cuento que sugerimos contarles mientras ellos dibujan lo que piensan y sienten. A quienes participen según nuestros términos y condiciones les enviaremos un libro de regalo y otros detalles especiales para algunos seleccionados que entreguen experiencias valiosas, testimonios del proceso y nuevas ideas.

Niños y niñas tienen derecho a expresarse
Niños y niñas tienen derecho a decir lo que opinan, especialmente cuando se trata de situaciones que les afectan y de las decisiones que se tomarán para estos asuntos.

Derechos de los niños y niñas

A quienes le cuenten este cuento mientras ellos(as) dibujan, y nos compartan tanto el dibujo como el relato de su experiencia, les enviaremos regalos a casa:
 
En la jaula reinaba el caos; todos graznaban, chillaban, cacareaban, gorjeaban, trinaban, piaban, ululaban y hasta daban alaridos. Nadie quería estar ahí, venían todos de lugares diferentes y el espacio era muy estrecho para tantos pájaros. Los había de plumas rojas, verdes, amarillas y marrones. Algunos muy estirados, como el flamenco que batía sus alas rosa, otros muy pesados como la guacamaya que no paraba de moverse y de rascarse las plumas rotas, los había modestos, como el periquito que intentaba buscarse un espacio entre una jacana y un loro de orejas negras y, en medio de ese escándalo Martín, un zunzuncito cubano, batía sus alas desesperadamente y volaba en tramos muy cortos, intentando ocupar el campo visual de los que parecían liderar el movimiento por la libertad de esta bandada de aves caídas en desgracia.
 
Martín, que era un colibrí muy pequeñito, había llegado a ese lugar hacía muy poco. Un par de semanas atrás cayó en la trampa que le tendieron los coleccionistas de aves exóticas. Lo habían transportado hasta esta jaula a la que había llegado hacía dos días y, como todos, estaba desesperado con la situación. Cuando llegó, tuvo mucho tiempo para escuchar las quejas de todos sus compañeros de cautiverio, para saber que estaban ahí esperando el turno para que un ilustrador demente y despiadado los retratara y también supo que se iban a reunir esa mañana para planear cómo escapar de la prisión. Martín, que era pequeñito y pasaba desapercibido para muchos de sus nuevos compañeros, no pudo participar de las animadas charlas en que varios grupos de aves diseñaron estrategias de fuga, pero como era un colibrí de armas tomar, se había pasado horas enteras revisando, centímetro a centímetro, las mallas de alambre con que estaban hechas las paredes de aquella cárcel. Por eso batía sus alas con mucha fuerza tratando de llamar la atención del único que parecía lograr que se silenciara aquella gritería por pequeños instantes. Era el búho, quien de vez en cuando ululaba con su voz grave y gracias a su fama de pájaro sabio lograba que algo de todo lo que allí se intentaba proponer quedara registrado en su memoria, puesto que a él lo habían elegido para tomar la decisión final sobre lo que iban a hacer.
 
Pero además de sabio, el búho era bastante ciego y se estaba quedando sordo, de modo que solo lograba escuchar las propuestas de los que tenían voces agudas o muy potentes e ignoraba por completo el leve zumbido de las alas de Martín, que llevaba un buen rato tratando de decirlo: había descubierto un pequeño agujero en la trama de la jaula, solo necesitaba la ayuda de alguno más grande para forzar un alambre y salir. Desesperado por no ser escuchado, Martín optó por rondar las orejas del búho, con la esperanza de captar su atención, pero tuvo la mala suerte de ser confundido con un molesto zancudo y estuvo a punto de morir aplastado por las inmensas plumas del anciano. Martín cayó al suelo, impulsado por la ráfaga de viento que creó el batir de las alas del búho y ahí abajo se encontró con un pequeño cucarachero que ya se había resignado a su mala suerte y guardaba silencio, en el fondo de la jaula. Después de ayudarlo a incorporarse, el cucarachero le sugirió calmarse, los pequeños como ellos no tenían posibilidades de participar en estas decisiones tan importantes. Martín, que no podía creer lo que escuchaba, le agradeció y le preguntó por qué creía semejante cosa. El cucarachero le señaló a todos los pequeños que estaban ahí, entre las patas de los grandes y le dijo que él no era el único que había llegado a esa conclusión. Martín, que era un colibrí de armas tomar, conversó con todos y los condujo al agujero. Y fue así como el perico australiano, el gorrión, el cucarachero, un azulito del Senegal, un pico coral y Martín forzaron el alambre y pudieron salir de la jaula aunque los demás no se dieron cuenta. Pensaron en huir de inmediato, pero eran aves amantes de la libertad. Por eso se ocultaron, observaron lo que hacían sus captores y esperaron a la noche. Cuando todos dormían, cantaron en coro su plan. Y lo hicieron desde afuera. En el interior de la jaula, nadie podía creer lo que escuchaba, era un plan perfecto pero… ¿quiénes eran esos que cantaban? Los pequeños volvieron a entrar por el agujero que habían usado para salir y, con toda la información que recolectaron con sus ojos, oídos, alas y patitas les contaron a los demás el plan que convenció al búho, para el que muchos trabajaron, que algunos corrigieron y que, tres días más tarde, los condujo a todos a la libertad.
 
Los niños tienen derecho a expresarse y, a menudo, nos enseñan más de lo que nosotros pensábamos que podíamos mostrarles.
 
 
 ¡A participar! 🙂
 
 
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