La vocecita de los niños de la Fundación Cardio Infantil

Imagen: cortesía de la Fundación Cardio Infantil.

Tingo Tingo Tango

Todo empezó con un “Buenos días” y una respuesta suave de los niños, y sus familiares y cuidadores, quienes los acompañaban sentados en unas sillas chiquititas de plástico. El silencio incómodo apareció, así que, para romper el hielo, un Tingo Tingo Tango con una pelota de colores que pasaba de niño a niño y de papá a cuidador hasta que “¡Tango!”, todos se reían:

– ¿Cómo te llamas?

– Soy la mamá de Silvia, de cuatro años.

Silvia está cerca, frente a una mesa chiquitita de plástico; tiene un tapabocas y le abre los ojos a su mamá mientras habla. Ella le responde con un guiño, le sonríe y, otra vez, se escucha el Tingo Tingo Tango y Silvia y su mamá vuelven al juego con la pelota que va de una mano a otra y ¡Pum!, otra vez, “¡Tango!”.

– Buenos días, mi nombre es Steven Mora y vengo del Tolima.

Y así pasan cinco minutos en medio de las risas, las carcajadas y los corre-corre de la pelota. Casi todos los niños se presentan y, de paso, pierden la pena y se llenan de confianza.

Un charquito

Estamos en la Fundación Cardio Infantil (FCI), en Bogotá, en uno de los extremos de la ciudad, en el norte-norte. Allí, en el Instituto de Cardiología, en un complejo médico de más de 80.000 metros cuadrados, está el Centro Lúdico.

– Si tuvieras que elegir entre el perro y el gato, ¿cuál prefieres?

Le preguntan a Rafael, quien se queda callado por unos segundos y, después, responde:

– ¡Los dos!

Suenan las risas. Rafael tiene menos de cinco años y es uno de los tantos visitantes del Centro Lúdico, lugar donde se reúnen los niños hospitalizados del Centro Pediátrico de la FCI por sus diversas patologías: desde infecciones respiratorias agudas hasta patologías quirúrgicas o enfermedades cardíacas o cardiovasculares. Rafael lleva tres días hospitalizado en la Fundación y ya casi se va; su mamá y él están esperando unos resultados para volver a casa.

En la Sala Lúdica hay cerca de veinte niños sentados en sus sillas de colores o parados, yendo de un lado a otro. La mayoría tiene tapabocas con figuras de colores, uno que otro con un gorrito de tela y una bandita en las muñecas, los tubos de suero cuelgan en los atriles y de vez en cuando se escucha el bip-bip de los electrocardiógrafos. Después del Tingo Tingo Tango todos los niños miran sobre la pared la proyección del libro La Vocecita, de Michaël Scoffier y Kris Di Giacomo, que ilustra la historia de un camaleón y sus necesidades fisiológicas.

– Al camaleón le vinieron las ganas de hacer caca.

Lee Katherine, una de las colaboradoras de Maguaré y MaguaRED. Los niños se ríen y los papás también:

– ¡Se hizo popó! ¡Se hizo popó!

Gritan y señalan. Y como el camaleón se hizo popó y no tenía con qué limpiarse, buscó y buscó y encontró un calzón rojo en un árbol. Lo cogió y se limpió –los niños se ríen de nuevo. Luego la conciencia le habla al camaleón y le dice que lo que hizo fue una tontería, que el calzón no era suyo y que no debía utilizar lo que no era de él.

– ¿Pues sabes lo que tienes que hacer ahora? ¡Venga, restriega bien! ¡Y no pongas esas caritas! ¡Que no quede ni el menor rastro!

Lee Katerine y los niños ríen. Luego el camaleón termina, cuelga el calzón en el árbol y de repente aparece un conejo súper héroe que utiliza el calzón como máscara para cuidar su identidad.

– ¡Es un conejo! ¡Es un conejo!

Grita Silvia y señala, ríe; otros niños hacen lo mismo y otros, claro, se quedan callados viendo las ilustraciones del camaleón sobre la pared.

Después de leer el libro los niños escuchan las adivinanzas de Maguaré y luego pintan a Saimiri, al olinguito y a la guacamaya. Miuler es uno de los niños más concentrados. Raya y raya y coge un color y otro. Tiene unos tres años y nació en Barranquilla. Hace más de un año llegó a Bogotá junto a su mamá y su abuela porque tenía una infección en los oídos y tocaba intervenir quirúrgicamente los conductos auditivos

– Si Dios quiere nos vamos la próxima semana.

Dice la mamá de Miuler mientras él juega con los colores. Alrededor los niños juegan entre el papel, los colores y el espacio de la sala lúdica. Silvia está en la casa de muñecas y coge los huevos de plástico, se los da a su mamá. Zaira va de un lugar a otro, camina, revuelve entre juguetes y sigue su camino. Laura se despide porque tiene control médico, mueve las manos y su mamá da las gracias.

Al final todos bailan Las olas del Mar, de Tu Rockcito: los niños y los cuidadores suben y bajan: “Suben y bajan. Suben y bajan. Suben y bajan las olas…”. Más risas: “Arriba-Abajo-Arriba-Abajo-Arriba… ¡Y todos a navegar!”.

La actividad se acaba y los niños, sus papás y sus cuidadores se van con una mochilita de Maguaré. En la sala lúdica no queda nadie, tan solo un charquito de orines de Miuler.

– Estaba tan concentrado dibujando que ni se dio cuenta.

Dice su mamá con algo de timidez. Miuler muestra su dibujo con los colores que van de un punto a otro, el charquito al lado. Sonríe.

 

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