Francesco Tonucci y la ciudad de los niños

 

¿Cómo sería la ciudad de los niños? Primero, ellos estarían en las calles ocupando el espacio; yendo de un lugar a otro, jugando, corriendo, cayéndose, riendo, saltando y “1, 2, 3 por Juan que está detrás del árbol”. Sí, porque en la ciudad de los niños hay muchos árboles y arbustos que forman laberintos –lugares ideales para perderse y esconderse, para ensuciarse la ropa y rasparse un poco la piel. En la ciudad de los niños no hay parques que se repiten entre barrios, no: hay terrenos verdes con montañas pequeñitas y charcos y arena y tierra; también hay letreros amarillos que anuncian “Se invita a los niños a jugar” o “Se prohíbe a los adultos mirar”. En la ciudad de los niños los padres y cuidadores están haciendo sus labores, sus tareas –tranquilos– sin preocuparse de sus pequeños porque, ellos, son autónomos y, aunque hay riesgos, los grandes lo asumen como algo normal: los niños no son sobreprotegidos, sobreregalados ni sobreestimulados. En esta ciudad el peatón es lo más importante y los carros no se atraviesan en el rumbo de los niños que juegan a las escondidas: las calles están llenas de niños y adultos –sin importar su clase, su raza, su sexo, sus diferencias. Aquí hay menos inseguridad, a los ladrones les pesa la presencia de los más pequeños, no roban, no atentan, no hacen daño. En la ciudad de los niños las calles son bellas: dan ganas de salir a ella, habitarla y jugarla. Mejor dicho, dan ganas de ser niño de nuevo…

Así, en general, se imagina Francesco Tonucci la ciudad: una ciudad para los niños.

Foto de Sandra Lázaro. Tomada de Público, periódico digital de España.

 

Tonucci nació en 1940, en Fano, en Italia, una ciudad costera al lado del mar Adriático: un lugar pequeño y tranquilo donde los niños jugaban en las calles sin sus padres, sin el cuidado de ellos, autónomos. Sin embargo había un problema en esa ciudad: la escuela. A Tonucci no le gustaba ir a la escuela; allí las exigencias académicas lo convirtieron en una “persona promedio” que no despertaba ningún interés entre los profesores: no lo escuchaban, no lo tenían en cuenta y él, claro, se aburría en ella. Veinte años después esos dos elementos (la ciudad y la escuela) harían parte esencial del desarrollo filosófico, pedagógico y urbanístico de su proyecto, La ciudad de los niños.

MaguaRED: En varias entrevistas y conferencias usted ha dicho que no le gusta que le digan psicopedagogo o maestro; prefiere que le digan niñólogo. ¿Qué significa ser un niñólogo?

Francesco Tonucci: (Sonríe) Simplemente es una broma, pero también tiene algo de serio. Es que no me reconozco mucho con mis colegas, formales y ortodoxos en sus papeles. En mi mundo yo soy un bicho raro porque dibujo, porque soy investigador, porque no escribo casi artículos para revistas internacionales, porque escribo libros, porque tengo conferencias… Por lo cual pensé que era mejor considerarme una persona que ha dedicado su vida a la infancia, a las niñas y a los niños: ser un niñólogo. Lo que intento hacer, tanto en las escuelas como en los dibujos, es que los niños sean protagonistas y que sean reconocidos como tales dentro de las instituciones, dentro de la familia y dentro de las ciudades.

MaguaRED: ¿Y cómo se siente un niño en una ciudad latinoamericana? ¿También como un bicho raro?

Francesco Tonucci: (Sonríe) Yo creo que todos los niños se encuentran como bichos raros en sus mundos. No son reconocidos. Y es probable que esto no sea una novedad… Yo creo que históricamente los niños no se han tenido en cuenta –tan solo por los padres, que los consideran por el afecto que les tienen. Socialmente valían poco: sus opiniones, sus inquietudes, sus ideas… Pero, a pesar de lo anterior o gracias a lo anterior, tenían una ventaja: los adultos los dejaban afuera, lo importante era que no molestaran, que respetaran las reglas (volver a casa a una hora, no ir más allá de…, no frecuentar ciertas personas no gratas), y esto era una dinámica que le permitía mucho a los niños. Hoy en día, mientras que crece el respeto a la infancia y el afecto de los padres y la inversión que se le hace a los niños, ocurren dos fenómenos muy raros: el primero es que entre las familias sale a relucir la idea de la posesión –”¡Es mi hijo!”– y el niño no tiene autonomía: ¡los niños se hacen raros! Y el otro problema es que los niños ya no pueden salir de casa; están solos dentro de ella, y no pueden buscar a los amigos o amigas. Esto está creando una situación completamente nueva en la cual los niños están sufriendo mucho.

MaguaRED: ¿Qué puede hacer la ciudad, el entorno, lo que nos rodea, para romper, precisamente, esas ideas de sobreprotección?

Francesco Tonucci: Esa es la propuesta de nuestro proyecto (La ciudad de los niños). Hay que cambiar. Hay que devolverles la ciudad a los niños.

El poder que los adultos tenemos lo hemos utilizado para aprovecharlo a nivel casi personal: los adultos especialmente varones, por ejemplo, impusieron en la ciudad el carro como protagonista principal. Hoy podemos decir que el carro es el ciudadano privilegiado, tiene poderes que nosotros no tenemos: puede contaminar, puede ocupar el espacio público, ¡puede matar! Si un carro contamina hay que pararlo, si ocupa el espacio público hay que prohibirlo, si mata hay que destruirlo.

La ciudad de los niños es una ciudad que pide recuperar el espacio público para los ciudadanos: devolverle a la gente el espacio público. Estoy completamente convencido de que las ciudades podrían ahorrar mucho si dejan de construir parques para niños y les regalan, más bien, el espacio público. De esta manera los niños pueden elegir el lugar de juego, pueden elegir cómo jugar. A mí me da mucha pena cuando los mismos padres me dicen que los niños no saben jugar… Si los dejamos en un espacio abierto, en un espacio movido, ¿el niño qué hace? ¡Juega!, pero, ¿cómo juega? Como quiera, ¡por favor! Inventando juegos…

MaguaRED: ¿Y a usted no le da miedo que el proyecto de La ciudad de los niños se quede, precisamente en eso, en un proyecto; en algo que no va a suceder?

Francesco Tonucci: Nosotros tenemos una red, la Red del proyecto La Ciudad de los Niños, que reúne varias ciudades del mundo con el objetivo primordial de asumir a los niños como parámetro de valoración y transformación de los espacios que habitan. La ciudades integrantes se comprometen con la niñez a nivel político… Sin embargo, muchas veces el compromiso termina con la adhesión a la red… Es la verdad. Frente a los niños nosotros somos así. Estamos dispuestos a prometer mucho, casi siempre más de lo que piden y a no cumplir. Pero hay ciudades que se están moviendo mucho en un buen camino y hay cosas muy bellas. Rosario, en Argentina, ha dado pasos muy importantes reconociendo y escuchando a los niños; en Pontevedra, en España, se ha cambiado totalmente la estructura de la movilidad urbana: los peatones son la prioridad.

Creo que al final no hay más posibilidad que pensar que esta utopía es posible. Yo estoy diciendo constantemente que la ciudad de mañana hay que pensarla hoy. Y esa ciudad de mañana –de hoy– es la ciudad después de los carros: es la ciudad de los niños.

Franceso Tonucci en el barrio La Acacia, en Bogotá. Cortesía de Nidos Arte primera infancia.

 

Postdata. Francesco Tonucci estuvo en Colombia durante dos semanas. Entre conferencias, encuentros y eventos en el que le mostraron varios barrios y sus dinámicas con los niños (los juegos, el espacio público, las escuelas…), él socializó el proyecto de La ciudad de los niños con varios representantes políticos para que tuvieran en cuenta las necesidades y derechos de los niños –según la Convención sobre los Derechos de los niños y la Constitución Política de Colombia, artículo 44: “Los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás”. A propósito de lo anterior Francesco Tonucci contaba que cada vez que un alcalde de cualquier país escuchaba sus propuestas, éste decía que le encantaba, pero que primero tenía que solucionar el problema de movilidad:

“Hay que salir del evento, los festivales anuales por la niñez, las muestras culturales mensuales infantiles; hay que dejar de ser generosos con los niños solo los fines de semana. Si los adultos no los escuchamos tendremos muchos problemas”, sentenció el niñólogo.

 

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