Ángela Tapiero, la percusionista que acerca el sonido a los niños

 

Para Ángela Tapiero el movimiento y las pulsaciones del corazón son elementos esenciales –metodologías– para jugar y reconocer a los niños. Para ella el sonido es más que una idea formal: en el sonido se conjugan todos los bagajes sonoros que tienen los niños: la voz de sus padres, su abuelos, sus tíos, sus hermanos, las mascotas, el sonido de las llaves, el contexto donde viven, la selva, el campo, la ciudad y, por supuesto, la música que escuchan. A partir del juego los niños reconocen las corcheas, el silencio, las notas largas y cortas, las agudas y las graves; así como la palabra como elemento rítmico y sonoro.

Angela Tapiero dice que su relación con la música empezó desde muy niña cuando su familia se reunía y celebraba los cumpleaños, la navidad o cualquier excusa de encuentro. Allí, entre conversaciones, comida y música, ella sentía que el cuerpo se transformaba en el intérprete de lo que sucedía alrededor: le gustaba bailar, saltar y sentir el movimiento en todo su cuerpo.

Un día, cuando Ángela estaba en el colegio, la profesora le pidió a todos los estudiantes que hicieran una tarea: tenían que desarrollar un comercial para un producto. Sin pensarlo mucho Ángela eligió un jabón para su perro. Su padre le consiguió una grabadora periodística y ella se encargó de grabar a su mascota ladrando y el sonido del agua al caer en la ducha. Para complementar lo anterior creó una estrofa que terminó siendo una copla de esas que había escuchado en la voz de su padre, quien es proveniente del Tolima. Al final decidieron, ella y su padre, que al comercial le faltaba una introducción y le agregaron unos pianos de una canción de salsa. Esta pieza sonora se convirtió en su primer encuentro con los sonidos.

Cuando cumplió 12 años ya hacía parte del grupo de música del padre Juan Martín Sierra, un cura salesiano que hizo sus estudios sacerdotales en Italia con profundización en música y terminó haciendo un trabajo social con los niños de la comunidad del barrio 20 de julio, de Bogotá, donde ella vivía.

“Con él aprendimos música desde la narrativa; él contaba sus experiencias y las acompañaba con  canciones. Aprendimos barcarolas italianas, surfeamos en la partitura y con él aprendí a tocar el clarinete”, dice Angela orgullosa y con algo de nostalgia –el padre Juan Martín Sierra murió hace poco, tenía 103 años.

Aunque con el padre Juan Martín había aprendido clarinete, Ángela no podía desprenderse de esa primera experiencia con su padre haciendo el comercial y descubriendo paisajes sonoros. Ella tocaba las ollas, las canecas, jugaba con los sonidos de su cuerpo, las palmadas, chasqueaba los dedos, zapateaba, a todo le encontraba un sonido: algo musical.

“Los sonidos de la ciudad los vivía distinto. Sentía que el bus frenaba y armaba estructuras musicales en la cabeza; también tocaba las copas de los vasos y esa capacidad de escuchar más allá de lo musical me hizo entender que lo mío era la percusión”, cuenta Ángela sonriente

 

Ángela estudió música; primero en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital (ASAB), en Bogotá, luego a la Universidad Pontificia Javeriana y, finalmente, en la Universidad Nacional, también en Bogotá. Allí, en la Universidad Nacional, estudió percusión sinfónica y a la par de sus estudios trabajaba como percusionista para orquestas de música popular: mientras estudiaba los redoblantes, la multipercusión, los xilófonos o vibráfonos también practicaba con los timbales, los llamadores o el alegre.

Ese tema de ser percusionista exige lo que yo buscaba de niña, los sonidos del mundoafirma Ángela

 

La música como experiencia pedagógica para la primera infancia

 

Al terminar la universidad, en 2009, Ángela Tapiero enfrentó su primera experiencia pedagógica con niños. Ella hacía parte del primer y único ensamble de percusión femenina de Bogotá; sus integrantes eran mujeres percusionistas de todas las universidades de la ciudad; se llamaban Ensamble Arará. Un día todas se reunieron y crearon un espacio lúdico de enseñanza de la música para niños y jóvenes y por alguna razón ninguna quería trabajar con los más pequeños. Ángela tomó la iniciativa y sin mucho conocimiento del trabajo con la infancia transformó el espacio con una carpa de camping, le hizo muchos huecos y colgó cualquier cantidad de objetos como cascabeles, semillas y triángulos. Con esta sorpresa le dio la bienvenida a niños entre 3 y 4 años, y los invitó a vivir una experiencia en la que ellos caminaban alrededor de la carpa y entre tambores y baquetas empezaban a acercarse a los objetos e instrumentos y los descubrían.

“Ahí entendí que un encuentro musical con los más pequeños no es una clase sino una experiencia sensorial”.

Este encuentro con los niños y la pedagogía musical la llevó al Festival de música Infantil Suzuki de las Américas, en Perú:

La filosofía de Shinichi Suzuki, tiene que ver con desarrollar otros lenguajes no verbales en los niños; reconoce que la palabra está desarrollando otra serie de capacidades muy importantes para su crecimiento. Shinichi dice que todos los niños tienen talento, que están abiertos al mundo y que esto les permite hablar más de un idioma, comprender el lenguaje musical, las emociones… Todos estos estímulos dependen del entorno familiaragrega Ángela reflexivamente

 

Ella se certificó en el método de Suzuki y comprendió la importancia del acompañamiento constante en los niños, pilar del trabajo que vendría a desarrollar más adelante.

En 2010 decidió viajar a Suiza a estudiar la rítmica de Dalcroze, una metodología de Emile Jaques Dalcroze, pedagogo y compositor que se oponía a la ejercitación mecánica del aprendizaje de la música: él ideó una serie de actividades para la educación del oído y para el desarrollo de la percepción del ritmo a través del movimiento.

“Fue muy importante para mí percibir y entender en mi cuerpo el ritmo y ver la necesidad de transformación de los elementos cotidianos en música y percusión. Con la filosofía Dalcroze sé reconocer que cada latido que está en un aula va a tiempos diferentes y que con eso puedo construir una armonía de latidos”.

A su regreso a Colombia, en 2011, Ángela fundó El Taller de la música, en Bogotá, e incorporó todos sus conocimientos, tanto de Suzuki como de Dalcroze, y los convirtió en un juego para niños. Convocó a varias familias a un taller de apreciación musical y a partir de presentar el ritmo y la melodía buscó fortalecer el vínculo familiar. Así lo ha hecho desde entonces:

“Acá hay algunas familias que llegan acostumbradas a las dinámicas del jardín o de la escuela convencional y vienen con la idea de dejar a los niños en el espacio e irse. Pero acá todos los niños viven la experiencia en familia… ¿Por qué? Vivir esto en familia es vital, rompe los paradigmas de que ser músico es solo para unos… Y no: ser músico no es solo cantar, cada uno tiene un lugar y habilidades distintas. Cada corazón palpita diferente”, afirma Ángela.

 

Como percusionista Ángela se ha lanzado al encuentro con todos los objetos sonoros, que, como ella dice, proporcionan caricias, texturas, formas. Gracias a esas “caricias” los niños se pueden aproximar, tocar y explorar sus mundos.

Los niños no solo están desarrollando su sistema verbal en sus primeros años sino que a la vez desarrollan sus sentidos motores sensibles como el tacto y el oído. Yo estoy convencida de que todas las historias y experiencias vitales de un niño se plasman en el sonido: una pelota que rueda e impacta en el cuerpo del papá y luego en el propio genera un ritmo en esa dinámica del juego, del vínculo. Por ejemplo, ¿qué pasa en ese ir y venir? ¿Qué pasa con las risas que proporciona el juego? Todos esos sonidos configuran una composición sonora. Para que un niño reconozca una estructura o concepto musical es más interesante si juega másconcluye Ángela.

Ángela Tapiero le apuesta a descomponer “la música” y sus estructuras para jugarla y vivirla, y para hacer de los conceptos musicales experiencias vitales que no se alejan de la realidad de cada uno de los niños.

“Me atrevo a decir que la música es una de las áreas del arte y del conocimiento que encierra el todo del ser: invita al movimiento, a la palabra, a escuchar, a tocar, al contacto y a la mirada con el otro”.

 

Juegos sonoros para disfrutar en familia

 

Con estos audios de Angela Tapiero y El taller de la música los niños podrán jugar con las palabras y con los nuevos sonidos. Las padres, cuidadores, maestros, familia y amigos de la primera infancia pueden acercarse a los niños con estas melodías para potenciar el goce de sus entornos, jugar y afianzar los vínculos afectivos. La clave está en la imaginación:

 

Taki-Ti-Tok

 

Palmita con manteca

 

¿Dónde estás?

 

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2 Comentarios

  1. Encuentro valioso el trabajo que se puede hacer con los biños a travez de la musica vivenciada…esto es un magnifico aporte.

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  2. Buen artículo, no pensé encontrar fundamento teórico para la música en la infancia

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