El ensamble sonoro en la primera infancia

 

Foto cortesía de Plataforma Arte y Medios.

 

La música en la primera infancia va más allá de la organización de los sonidos de los instrumentos, de la interpretación metódica de los músicos, de sus canciones y los conciertos. La música en la primera infancia es la integración de todos los universos sonoros: los susurros, los arrullos, las canciones, el juego, los balbuceos, los aplausos, las risas, la poesía, el afecto, la literatura, los latidos, la naturaleza, los objetos, el cuerpo… Allí, en ese ensamble de ritmos que se ordenan y desordenan, se construye una biblioteca inmensa –una audioteca– que potencia el desarrollo integral de los niños –el goce de sus vidas: una herramienta para expresarse y una manera de explorar sus entornos.

El canto del papá o la mamá –¡o juntos!– cuando el bebé está en el vientre es una manera de relacionarse con la música en la primera infancia; también lo es cuando el bebé balbucea alguna tonada o un ritmo. Así mismo la música está en el sonido de las palmas al aplaudir, del baile, de la risa, del latido del corazón o de las rimas.

Por ejemplo, la canción de María del Sol Peralta, El piojo chef, inicia con “Soy un piojo con buen ojo, soy un piojo bien panzón”. En esos instantes, siguiendo las letras, los papás, cuidadores o maestros cantan, aplauden, bailan y tocan las partes del cuerpo del niño y las suyas: le tocan sus ojos, le acarician su panza. El niño reacciona a través del juego y se mueve, conoce su cuerpo, lo siente y balbucea siguiendo el ritmo. “Soy un piojo bien goloso con tan solo una obsesión. Entre pelos y pelambres salto y pruebo sin parar. Quiero ser un gran cocinero, un gran chef… ¡Ir más allá!”, continúa la canción y juntos saltan, se mueven por el espacio y van más allá. El niño se conecta con el lugar y lo descubre –lo explora– gracias a la sonoridad –¡y en tan solo unos minutos!

La sonoridad en la primera infancia es una especie de “tercer espacio” donde se encuentran y se organizan elementos esenciales en el desarrollo de los niños: el juego, el lenguaje, la identidad (su diversidad), la exploración del mundo, los vínculos afectivos y las expresiones artísticas, entre otros.

“La música es prácticamente un gimnasio para las habilidades motoras de los niños –especialmente si incluyen aplausos, si tocan materiales, si saltan y bailan”, escribió Dennie Palmer Wolf, investigadora de la Escuela de Educación, de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, en el documento Por qué hacer música importa (Why Making Music Matters, en inglés), para el Instituto de Música del Carnegie Hall.

Además de lo anterior, la investigadora Palmer Wolf dice que la música es una forma de estrechar los lazos afectivos entre los niños, sus padres, cuidadores, familiares o maestros (por ejemplo, la musicoterapia en los bebés prematuros cuando se sienten protegidos por el contacto cuerpo a cuerpo con su madre y por los arrullos de las canciones con instrumentos de viento); también es una forma de incentivar la comunicación de los niños (a través de su cuerpo y sus expresiones) y su imaginación –mediante el contacto de los sonidos de la naturaleza y sus objetos sonoros: las piedras cuando chocan, el fluir del río, los sonidos de los animales, cuando el viento golpea las ramas de los árboles. Adicionalmente, es una gran herramienta para que los niños compartan, entiendan y gestionen sus sentimientos, para que aprendan a estar con otros y, claro, para que se sientan parte de una comunidad:

“La sonoridad puede crear espacios donde los niños, con la ayuda de sus familiares, cuidadores y maestros, enlazan nuevas identidades que se combinan con sus primeros lenguajes y culturas con aquellos lenguajes y culturas de sus pares. Cuando se crean espacios sonoros que combinan la música de distintas culturas, los niños están conociendo un modelo diverso y conectado con el mundo“, dice Dennie Palmer Wolf.

La profesora de música Judith Akoschky dice que “la música nos habla de diferentes épocas y distintas geografías: en ella está la historia de los pueblos, sus creencias, sus ritos y costumbres”. La música –el universo sonoro– es un derecho cultural y patrimonio de los niños en la primera infancia. Es su lenguaje y forma de recrear y crear significados del entorno –no solo a partir de la escucha, también desde las vibraciones y el contacto afectivo del sonido en sus cuerpos. En ella está, también, la historia presente del niño y la representación de ese universo que se abre ante sus oídos, sus ojos, sus sensaciones y su necesidad de afecto y cuidado.

 

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