¡Juguemos un cuento!

Lo natural en un peque de un año es jugar. Sí, juega con la comida, juega con los dedos de los pies, juega con la ropa de la mamá. Otro peque, más grande, juega con bloques, juega a cortar plátanos y comerlos, juega a contar historias mientras se baña. Cada uno de estos juegos les implica un inmenso placer porque pueden ser autónomos e inventarse situaciones que asemejan la realidad pero con un margen de maniobra creativa bastante amplio.

A los niños les encantan los juegos de palabras, se regodean en términos nuevos (de su propia autoría) para decir cosas conocidas, así sorprenden al adulto y producen una nueva manera de relación social. El lenguaje oral configura una cierta forma de comunicación, los bebés se comunican con ruiditos de distinta índole que las mamás saben interpretar o “leer” con total propiedad; más adelante los niños son capaces de leer en voz alta imitando a los adultos aunque aún no conozcan todas las letras, pero reconocen que todos esos signos comunican una serie de ideas, situaciones y emociones. Un niño siente un inmenso placer a la hora de leerle a un adulto porque demuestra que “se sabe” la historia y que es capaz de relatarla como el grande sabe hacerlo. Aunque para el adulto a veces sea imperceptible, los matices que los niños y niñas le pueden dar al relato son importantísimos porque en ellos demuestran su capacidad para crear y configurar un nuevo sentido… o “sin sentido” que suele además desembocar en carcajada.

Jugar y leer van de la mano en la primera infancia. Los niños están “leyendo” el mundo, interpretándolo: entendiendo cómo se relacionan las personas, cómo son las cosas, cómo funciona todo. El juego es, pues, un lenguaje natural para comprender la realidad, pero a la vez para expresarse en ella.

La miniserie Cuentazos con efectazos juega los cuentos: existe un relato con personajes, trama, conflicto, resolución, que es contado por Papá Bla Bla y el pequeño Jo Jo Jo, ellos representan los personajes y sus diálogos, narran las distintas situaciones y acciones, describen los escenarios, transmiten las emociones; juegan a ser y estar entre estrellas, caballitos de mar, castillos, carnavales, sopas, en fin, cuanta cosa existe en el mundo.

Cada una de las historias transmite el estrecho vínculo entre padre e hijo. La complicidad y la intimidad que los une y que permite que cada uno se exprese con total libertad y haga contribuciones creativas, sonoras y lingüísticas que generen un cuentazo formidable. Leer juntos a la hora de levantarse o mientras se comen una frutica, después de que el peque se calmó tras una pataleta o a la hora de irse a dormir son momentos de juego: podemos hacer “voces”, inventar otros finales, introducir nuevos personajes o hacer los “efectos especiales” de la historia.

¡Vamos a jugar cuentos!

 
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