Juguemos al patrimonio: derechos culturales y primera infancia

El 16 de noviembre se celebra el Día Internacional del Patrimonio Mundial. En esa misma fecha en 1972 la UNESCO firmó en París la Convención sobre Patrimonio Mundial Cultural y Natural, documento que sienta las bases para la preservación y salvaguarda de bienes culturales o naturales, únicos e irrepetibles, considerados patrimonio colectivo de un pueblo o de toda la humanidad. La convención buscó contener la desaparición de bienes patrimoniales ―ya fuera por deterioro, por destrucción o por los cambios en la vida social y económica― bajo el entendido de que cualquier desaparición empobrece a la humanidad en su conjunto. La UNESCO se erigió como la organización encargada de ayudar en la conservación, avance y difusión de los saberes en torno al patrimonio, y desde entonces es quien da recomendaciones a los interesados en las convenciones internacionales sobre el tema. Una de las más contundentes es la necesidad de que cada país invierta recursos económicos, científicos y técnicos acordes a la magnitud que cada bien o manifestación demande.

¿Qué es el patrimonio?

Según la convención de 1972, el patrimonio cultural o natural son bienes materiales excepcionales: arqueológicos, escultóricos, artísticos, geológicos o paisajísticos. Los bienes inmateriales ―o el patrimonio vivo― fueron incluidos en las políticas de salvaguarda en 2003 y tienen su propia convención. Uno de sus pilares es el reconocimiento de la profunda interdependencia entre el patrimonio material y las comunidades, los pueblos, los grupos indígenas, entre otros, cuyos saberes enriquecen la diversidad y la creatividad humana. El patrimonio lo es en tanto vehicula sentimientos e identidades colectivas. Esos sentimientos “hunden sus raíces en el pasado, se perpetúan en la memoria colectiva y son apropiados socialmente en la vida contemporánea de las comunidades y colectividades sociales”.*

Colombia y el Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI)

Colombia firmó la Convención sobre Patrimonio Mundial en 1983, en 2003 adoptó la Convención de la Unesco para Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y en 2008 (Ley 1185) modificó uno de los capítulos de la Ley General de Cultura estableciendo la salvaguardia, protección, recuperación, conservación, sostenibilidad y divulgación del PCI “con el propósito de que sirva de testimonio de la identidad cultural nacional, tanto en el presente como en el futuro”.  El PCI es colectivo, está vivo, es dinámico y por su valor debería ser conservado y transmitido:

“es un vasto campo de la vida social y constituido por un complejo conjunto de activos sociales, de carácter cultural […]. Comprende no solo los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas de un grupo humano, sino los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes a dichos activos sociales”.

Cambios generacionales, infancias y lenguas indígenas

Las condiciones cambiantes del país, la acelerada urbanización, la violencia y la falta de garantías para la vida en zonas rurales son motores de transformación que a menudo se traducen en la pérdida del PCI por desvalorización social, por desaparición de referentes culturales o por desuso. La política de salvaguarda nacional ve como una de las problemáticas más apremiantes la ruptura generacional:

“que obra muchas veces en detrimento de los procesos y manifestaciones de PCI, en especial en sociedades tradicionales rurales y en grupos humanos especializados en diferentes tradiciones artesanales, musicales o festivas. Los jóvenes no valoran o no ven oportunidades en el aprendizaje y la recreación de las manifestaciones tradicionales, y los “mayores”, que conocen, practican y recrean estas manifestaciones, no cuentan con incentivos o condiciones favorables para su transmisión y enseñanza”.

Uno de los cambios mas dramáticos, y que implica la pérdida de una de las mayores riquezas del país ―su diversidad cultural― es la desaparición de las lenguas maternas indígenas: 

“Las lenguas, son vehículo del patrimonio cultural inmaterial y la tradición oral. La lengua es el principal campo del patrimonio cultural inmaterial por ser el medio de expresión y comunicación de los sistemas de pensamiento y un factor de identidad e integración de los grupos humanos. La diversidad cultural está estrechamente relacionada con la diversidad lingüística”. 

Para conmemorar el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, y en aras de identificar y visibilizar el patrimonio lingüístico de Colombia, MaguaRED lanzó la campaña #MisPrimerasPalabras. Hemos querido dar a conocer las estrategias de fortalecimiento, revitalización y aprendizaje de las lenguas maternas, sus expresiones artísticas y creativas, las modalidades de educación propia y crianza, el uso que para este fin los pueblos indígenas dan a los medios de comunicación y a las redes sociales y, en general, el acompañamiento que reciben los niños y las niñas indígenas en la colosal aventura de aprender la lengua materna y de sortear la vergüenza y la estigmatización. La compilación de este proyecto está quedando agrupada en nuestro portal.

Patrimonio y juego: dos derechos de los niños y las niñas

Entre los derechos culturales de los niños y las niñas se incluye el reconocimiento del patrimonio. A través él identifican los sistemas de valores sociales a los que pertenecen y desde los cuales construyen sus representaciones del mundo. De toda la inmensidad que comprende el patrimonio, este mes en MaguaRED le proponemos a nuestra comunidad una reflexión sobre los saltos generacionales, la infancia y el juego. Recordemos que este último es un derecho consagrado en la Convención de los Derechos del Niño.

Juegos tradicionales: ¡juguemos al patrimonio!

Los juegos tradicionales han sido reconocidos por la UNESCO en repetidas ocasiones como parte importante del patrimonio cultural, sin contar que son un instrumento eficaz para la promoción de la tolerancia, el respeto y la paz en sociedades culturalmente diversas. Sin embargo, hoy en día resulta evidente la progresiva desaparición de los juegos tradicionales, sobre todo de aquellos que se juegan al aire libre: en la calle y en los parques. Con la extinción de esos juegos tradiciones han ido desapareciendo formas de arraigo, y la comprensión misma de la niñez ha cambiado. Alguna vez, no hace mucho, la calle y los parques también era de los niños y las niñas. Queremos hacer una suerte de inventario de juegos tradicionales colombianos para la niñez. Queremos que de ese ejercicio de memoria salga la inspiración para enseñarle a los niños y niñas de nuestro presente cómo se jugaban esos juegos: el sentido de la competencia, la importancia de hacer equipo. También el sentimiento de libertad y los vínculos con la cuadra, con el barrio, con la familia y con la comunidad que de esos juegos se desprendían. Queremos deleitarnos en la diversidad constitutiva de nuestro país aprendiendo los diferentes nombres que le damos a los mismos juegos: golosa, rayuela, peregrina, avioncito, pirinola, canicas, bolas, bolitas de piquis, ponchado, quemado, congelados, escondidas, la tiene, la lleva, trompo, catapiz, yeimy, yermis, yoyo. Y quisiéramos, como no, darle a las infancias de hoy algo que les ha sido negado: el espacio y la vida pública. No solo se trata de alborotar nostalgias. La recuperación del juego tradicional, de nuestro patrimonio cultural, es un derecho de los niños y las niñas, una deuda que tenemos con ellos.

No olviden pasar por nuestras redes sociales y contarnos a qué jugaban en su infancia usando la etiqueta #JuguemosAlPatrimonio

*Las citas de este texto fueron sacadas de la Política de Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial, Ministerio de Cultura, Colombia.

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