Jairo Ojeda, el padre de la música infantil colombiana

 

Jairo Ojeda es el padre de la música infantil en Colombia. En la década de los setentas incursionó en una propuesta musical pionera –única– dirigida a los niños. Su voz, su forma de hablarles y sus canciones son regalos en forma de palabras y metáforas que invitan a explorar el país, a reconocer los ritmos tradicionales y a descubrir las realidades de los niños –como lo haría un padre que toma de la mano a su hijo y lo lleva por una aventura, lo invita a jugar con las sombras, a pensar en Arturo, el que vende chontaduro, y a observar el viaje de las hojas rojas. Hoy en día esa mano ha agarrado más de tres generaciones y su legado musical continúa.

La vida de Jairo Ojeda podría ser una canción, pero también un cuento. Nació en Mercaderes, Cauca, al suroeste de Colombia. En esa región, que llegó a ser una de las mayores despensas de maíz del país, como cuenta Jairo, su madre le enseñó a leer sin proponérselo. Con ella conoció el poder de la palabra y llegó a creer en las historias fantásticas: como que la luna nacía en el patio de la casa de sus abuelos o que las casas de la cordillera central eran tan altas que tocaban las nubes:

Creía en un revoltijo de historias bíblicas y cuentos como Las mil y una nochesdice Jairo con una sonrisa alargada.

La música era un elemento orgánico del paisaje de Mercaderes. En 1954 no había llegado la televisión, así que uno de los juegos de los niños era cantar: cantar como sus abuelos, tíos y familiares; cantar como escuchaban en las cantinas; jugar a la radiola e incluso imitar cuando se rayaba el disco. A Jairo lo criaron las rancheras, los boleros y la música de Pedro Infante.

Las historias que le contaba la mamá a Jairo llegaron a ser tan ciertas para él que a las nueve años no dudo en ir a descubrir si las princesas, los ogros y los tesoros existían. Un día se subió a uno de los camiones que llegaban de Medellín a Mercaderes a recoger el maíz y sin saber en qué se metía llegó a la capital antioqueña.

La aventura resultó ser para valientes porque Jairo se vio solo y, como cuenta, en tres días no se movió de donde lo había dejado el camión, hasta que un abuelo que vendía manzanas y lo había estado observando decidió ayudarlo. Le dio café con pan y luego de un tiempo descubrió que Jairo tenía un poder… ¡Sabía leer, escribir, sumar y multiplicar! –a la edad de 6 años lo promovieron de primero a tercero. Los fruteros decidieron adoptarlo para hacer las cuentas y aunque para él seguía siendo difícil y extrañaba a su familia, sintió que la palabra lo había llevado allá, pero al mismo tiempo lo salvaba dándole oportunidades para sobrevivir a esa “aventura”.

 

Chontaduro maduro vende el negrito Arturo, chontaduro con sal, compran y no me dan dice la canción de Jairo Ojeda, Chontaduro Maduro.

 

Luego de varios meses en Medellín conoció a un campesino que le habló del café y lo invitó a cosecharlo. Él aceptó y, luego de una caminata de siete horas en la que Jairo se enfermó, llegó una finca en la vereda Esparta, en el Eje Cafetero. En esa finca Jairo se perdía en los cafetales: mientras todos llenaban dos bultos de café, él no podía completar ni uno. Igual que en el pasado alguien se dio cuenta de sus poderes y como la maestra de la vereda había huido por la violencia, le ofrecieron ser el maestro: primero el maestro de los hijos de una familia y luego se unieron más y más niños, algunos más grandes que él.

Fueron tres años largos en los que Jairo vagó, divagó y casi naufraga, hasta que su madre lo encontró a la edad de 11 años. Se abrazaron, lloraron, se reprocharon y hablaron. Ella se dio cuenta de que Jairo ahora era maestro –tenía el espíritu de enseñanza– y le consiguió una beca en una escuela vocacional agrícola de Tunía, en el departamento de Cauca.

“Allí uno estudiaba bachillerato junto con las labores agropecuarias”, explica Jairo. Allí aprendió a cuidar gallinas, gansos, a cultivar maíz, papás y otros tubérculos sin saber que todas estas vivencias se convertirían en canción:

A un granito de maíz, un pollito le hacía pis-pis, el granito se asustó, dio un brinquito y se escondió, con tierrita se tapó, y en mática se convirtió, el pollito también creció, pero nunca lo alcanzó dice la canción El Granito de Maíz, de Todos podemos cantar.

En esta escuela empezó a tocar la guitarra. Un compañero de clase tenía una y la custodiaba como una gárgola que protege un castillo. No la prestaba, la guardaba en una funda debajo de la cama. Una noche, cuando el compañero se durmió, cogió la guitarra y descubrió su propia música. Todas las noches hacía lo mismo: empezó a tocar y cantar a su manera.

Jairo se destacó en la escuela y llamó la atención del gobernador del Cauca, quien le propuso un cupo en la universidad. Sin embargo él siguió la costumbre de su familia: trabajar en lugar de estudiar. Entonces el gobernador le propuso trabajar en un programa con los indígenas Coconuco, como experto agrícola. Aceptó y siguiendo su vocación de maestro armó un programa de lectura con los indígenas: en las noches les enseñaba a leer y a escribir, y en el día trabajaban en la siembra.

Jairo nunca estudió formalmente música y la experiencia con los indígenas y el contexto en el que creció en el Cauca lo llevaron a estudiar Antropología en la Universidad Nacional, en Bogotá, ciudad donde terminó su bachillerato. Finalizando la carrera trabajó como profesor en un colegio de la capital; allí empezó a utilizar la música como herramienta pedagógica.

 

Como él cuenta, la música se convirtió en su forma de comunicarse con los niños. Sus canciones eran las historias que él vivía con ellos en el descubrimiento de su barrio, contextos y personajes: la vida del carnicero, la peluquera y los juegos que realizaban en clase.

“Salíamos del aula a la calle y cuando había un intento de lluvia nos regresábamos al salón y no llovía, esa experiencia, por ejemplo, dio origen a la canción Gotica de lluvia:

Una gotita de lluvia, sin duda no es lluvia, me puse a pensar, puede caer en mi frente, chispearme la cara, no me va a empapar. Claro que hay gente valiente que cuando la siente se asusta, a su andar corre a buscar el paraguas, sus guantes y botas que se va a mojar dice la canción.

El actor Jaime Barbini era uno de los padres de sus estudiantes; él estaba a cargo, en ese entonces, de los programas culturales de la Alianza Colombo-RDA, de la República Democrática Alemana. Un día, entusiasmado fue a buscar a Jairo para proponerle grabar las canciones que cantaban sus hijos con tanta emoción. Tuvo quince días para montar todas las canciones que habían surgido con los niños y logró contactar a los músicos de Viento Juglar y sin dudar le pidió a su hija, Hitayosara Ojeda, que fuera la voz de canciones como Juguemos a la sombra, Chontaduro maduro, Caen las hojas, Se cayó la luna, entre otras. A partir de este momento Jairo se convirtió en el pionero de la canción infantil colombiana con una propuesta en la que los niños (a través de la voz de su hija Hitayosara) le hablaban a los otros niños con libertad –en medio de la canción a Hitayosara se le soltaba una carcajada y estaba bien: la música era un juego serio.

 

Hitayosara Ojeda.

El disco se llamó Todos podemos cantar y contenía aires llaneros, cumbias, porros chocoanos y algunos bambucos. En sus siguientes trabajos, como en A la una la laguna, incluyó instrumentos del sur del país como los charangos, las zampoñas, las quenas – siempre mantuvo esas letras que son más bien poemas y que hablan de la alegría, de la vida de los niños y también de sus nostalgias.

Su música recorrió toda Latinoamérica. Ha obtenido varios premios y reconocimientos como el Festival Nacional Mono Núñez (Ginebra, Valle – 1995 y 2000), Homenaje Cantaoras del Patía, Comunidad Afropatiana (Patia, 2003), fue ganador de la Convocatoria del Instituto Distrital de Cultura y Turismo en la modalidad Canción Infantil (2003) y, entre otros reconocimientos, fue homenajeado en el Séptimo Encuentro de la Canción Infantil (Uruguay, 2005).

Este multifacético creador ha compuesto temas para el Cancionero Ecológico y canciones de entorno indígena, negro y mestizo del departamento del Cauca. Sus canciones han sido arregladas, grabadas y divulgadas por grupos colombianos como Cantaclaro, Las Cantaoras del Pacífico, Cantoalegre, Nueva Cultura y Preludio, así como por grupos internacionales como Los Hermanos Rincón, en México, y Piojos y Piojitos, en Argentina.

La voz de Hitayosara –un poco más madura– sigue interpretando canciones como A un granito de maíz y él sigue abrazado a su guitarra, le cuenta a todos lo que puede llegar a hacer la palabra y la sonoridad. Jairo es promotor de la expresión artística en diferentes instituciones dentro y fuera de Colombia y es el diseñador y fabricante de imprentas artesanales utilizadas en el programa La Imprenta Manual, proyecto personal que desarrolla paralelamente a sus canciones.

Hoy en día Jairo Ojeda vive en Cali y conserva intacta su voz baja, pausada y suave. Su sentido poético con el que invita a los niños a darle la mano a la música tradicional permanece:

Todo sirve para el bienestar de los niños. Si las canciones tienen un lenguaje rico, extenso y con múltiples perspectivas ese niño va a estar en mejores condiciones para desarrollar su inteligencia y potencial. La canción tiene que ser una ventana que expanda el horizonte del niño. Cuando descubres que la canción, el poema, los cuentos son una forma de enriquecerse y de ampliar el vocabulario, de encontrarle un sentido más digno y más humano a las cosas a través de las palabras, entonces sabes que es un deber decir: todos podemos cantar, bailar, pintar, hablar, reflexionar y opinar

 

Compartimos una lista de reproducción con algunas de las canciones de Jairo Ojeda:

 

 

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3 Comentarios

  1. Es maravilloso contar con la genialidad de este gran autor que proporciona invaluables herramientas para enriquecer la experiencia del trabajo con los niños.

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  2. Me emociona este justo reconocimiento a la sensibilidad artística comprometida con la educación de la población más valiosa de nuestra sociedad como son los niños y las niñas; las canciones de Jairo Ojeda contribuyen a entender el territorio en su valiosa diversidad natural y cultural desde donde germinan historias narradas, cantadas y bailadas.

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  3. Una historia conmovedora…Una trayectoria ejemplar…Un valioso aporte a la cultura y al arte…Un amor a la infancia expresado de forma sublime…Su música y su imprenta manual herramientas fundamentales para padres y maestros en la educación de sus niños… Un orgullo para Colombia en la transmisión de sus costumbres y tradiciones… Un regalo de la vida para quienes tuvimos el privilegio de contar con su presencia y amistad en otros lugares de latinoamérica…

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