Don Arsenio, vendedor de figuritas

Por Matías Arango.

Afuera de la única escuela para varones de Guatapé, Antioquia, se estacionaba un Renault 12, con el maletero abierto como una sonrisa que ostentaba los tesoros que podrían conquistar quienes llenaran el álbum de cromos del momento.

El propietario del vehículo regalaba a cada niño la publicación y un sobrecito con tres piezas como enganche, mientras anunciaba que las demás láminas podían conseguirse en la tienda de don Arsenio.

En una esquina de la Calle del Recuerdo ―una vía remodelada en memoria de aquellas que invadió un embalse con fines hidroeléctricos― aún se levanta esa tienda que luego de 49 años de existencia, sigue desafiando la tendencia omnívora de los procesos turísticos, que a todo lugar y práctica que no arrasan, terminan por convertirlos en espectáculo, reduciéndolos a una frívola labor de entretenimiento.

No obstante, el tiempo le ha restado su esplendor de gabinete de curiosidades a aquel negocio donde los niños se adentraban con actitud de exploradores para adquirir productos encantadores, tales como los juguetes que solo allí se vendían ―o que al menos encontraban en esta su primera vitrina, antes de popularizarse en otros comercios del pueblo―; los exclusivos dulces americanos que don Arsenio vendía gracias a que un hijo radicado en Curazao se los hacía llegar; tantas otras golosinas tradicionales como bolis, “bollitos de ratón” (arroz soplado de colores), minisigüí, colaciones, manzanitas, moritas, cigarrillos de azúcar o los extintos helados La Fuente; y entre todo aquello, las láminas (o “caramelos”, como los llamábamos aquí, de aquellos álbumes, generalmente temáticos de los programas televisivos para audiencia infantil que los canales nacionales emitieran en el momento).

En torno a estas publicaciones, en las que los niños llenaban los espacios vacíos con las imágenes que iban consiguiendo, existía una amplia y compleja dinámica cultural propia de su generación: ser el primero de la escuela en llenarlo era un asunto de estatus, de reconocimiento social, y para lograrlo, el dinero para comprar los sobrecitos provenía de algunos ahorros, de destinar a este fin la cuota diaria dada por los progenitores para comer en el recreo, de los billetes enrollados que con disimulo obsequiaba la abuela o alguna tía y de cierto pacto tácito de que las devueltas de los mandados a la tienda, eran el pago por derecho.

Llenar un álbum era complejo, por la escasez de dinero y porque las altas probabilidades de obtener láminas repetidas jugaba en contra, aunque esto conducía a un proceso de trueque, ya que las láminas repetidas se convertían en una suerte de moneda corriente entre las transacciones infantiles, bien fuera para intercambiarlas por otros que no tuviéramos, como moneda válida para la adquisidor de otros objetos, como canicas, o para apostarlas al voltis: un juego de azar inherente a la dinámica de los álbumes, que consistía en que los concursantes ponían cantidades iguales de láminas bocabajo, las cuales eran golpeadas por turnos con la mano ahuecada, pasando a pertenecer a quien lograra voltearlas.

Los cromos más baratos no eran autoadhesivos, y por eso, al rigor de fijarlos con precisión sobre el álbum (más aún cuando varias piezas eran parte de un mosaico), se sumaba la exigencia de dar buen manejo al pegamento, para no ensuciar el cuadernillo y, sobre todo, para evitar que al cerrarlo las páginas resultaran pegándose entre sí.

Cuando el interés por el álbum de turno comenzaba a decaer, se liberaban los “caramelos escasos”, y entonces, resultaba posible completar el reto y reclamar los premios: diversos juguetes entre los que destacaban los balones de fútbol.

Predominaban los temas dirigidos a público masculino, de acuerdo a la concepción binaria de los géneros, pero también se publicaban algunas obras basadas en series y cantantes de mayor interés femenino.

En general, los adultos ven este coleccionismo ―equiparable a otros validados entre mayores, como la filatelia o la numismática―, como una pérdida de tiempo, y más aún, un derroche de dinero, desconociendo que constituye una herramienta didáctica en torno a la cual los menores generan un complejo de prácticas culturales propias y participes en sus procesos de maduración, aprendizaje y socialización.

Con 87 años, don Arsenio Flórez aún vende álbumes y figuritas, aunque reconoce que no tienen la misma demanda que hace años. Dice que aproximadamente cada seis meses lo visita el distribuidor trayendo todos los componentes de un nuevo álbum, y los afiches promocionales, que ahora, ante la prohibición de fijar publicidad en los postes ―donde eran característicos―, los pone en la fachada de su negocio.

Lo más probable, tal como viene ocurriendo con los billares tradicionales y las cantinas más folclóricas de Guatapé, Cuando don Arsenio muera, este local será vendido a los altos precios que la monomanía turística ha terminado imprimiendo al suelo guatapense, y otra tienda de artesanías o alimentos, al servicio de los visitantes, extinguirá sin ruido el último comercio local de figuritas, esa antigua práctica cultural que no tiene vigías.

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7 Comentarios

  1. Que bonito!

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  2. Me encantó!

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  3. Muy bonito el reportaje escrito.

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  4. Me encantó la nota, me siento full identificado. Muchas gracias

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