Sawabona, el conocimiento afro a favor de los niños y las niñas

Sawabona es un saludo en lengua zulú y significa: yo te respeto, yo te valoro. Eres importante para mí. Un saludo que se desprende de la  creencia de que todos los seres humanos son buenos. Cuando alguien en esta tribu, al sur de África, hace algo malo o perjudicial, lo llevan al centro de la aldea y durante dos días toda la comunidad le dice las cosas buenas que esta persona ha hecho.

La tribu ve aquellos errores como un grito de socorro. Entonces todos se unen para reconectarlo con quien es realmente: “yo soy bueno”.

Sawabona también es la estrategia construida por mujeres lideresas, representantes afro y por la Secretaría Distrital de Integración Social. Hace acompañamiento a los jardines infantiles en casi todas las localidades de la ciudad llevando el conocimiento afro, negro, raizal y palenquero a los niños y niñas de Bogotá.

Narcila Banguera y Janett Rocio Escobar Angulo son unas de las dieciséis sabedoras que hacen parte la estrategia, y que se encontraron en Bogotá, la ciudad de los siete millones de habitantes. Allí han reconectado con la cultura de sus regiones, su conocimiento ancestral pero, sobre todo, se han reconocido y fortalecido como mujeres negras.

Los niños y las niñas apenas las ven se tiran a abrazarlas, empiezan a cantar o las saludan por el nombre de los juegos que ellas les enseñan y que cumplen un rol muy importante para los pueblos afro.

A Engativá, la localidad número diez de Bogotá, llega Janett. La esperan cerca de veinte niños de 3 a 4 años en el jardín infantil Los Sauces

Buenos días niños y niñas, ¿cómo están? —dice Janett.

—¿Muy bien! esponden los niños emocionados.

¿Quieren jugar?

¡Sí!

Yo soy de Tumaco, un lugar al lado del mar donde se respira mucha libertad. Vamos a jugar sapito sapón. Así que alístense. Vamos a ir a la playa, vamos a nadar, a comer pescado y camarones, se pueden poner gafas y sombrero, pero nos vamos a ir saltando para no marearnos. ¡Empecemos! Ha llegado carta.

¿Para quién? responden los niños.

Para Salomé.

Vamos saltando sapito, sapón —cantan los niños mientras Salomé salta de un extremo a otro del salón para llegar donde Janett, quien la espera en Tumaco.

La estrategia se pensó para el fortalecimiento de la atención integral alrededor de la memoria, la cultura, la comunidad, la espiritualidad y los valores.

Para la Secretaría de Integración la comunidad se concibe como  “el principio de unidad del pueblo afro dentro y fuera del territorio, donde se identifican las diferencias por su región de origen, pero se reconocen como una sola gran familia cuya raíz es del continente africano. Desde esta concepción se desarrollan los valores ancestrales de solidaridad, fraternidad, respeto, la alegría, lazos de hermandad, vida comunitaria, sentimiento colectivo, liderazgo y sistema de creencias”.

En principio, la estrategia iba a ser dirigida a los niños afro, pero se estableció la importancia de que la población mestiza hiciera parte con el fin de contribuir al al reconocimiento de los saberes afrocolombianos y para  para contrarrestar las prácticas de racismo y discriminación.

A Bosa, en el  otro extremo de la ciudad, en el jardín infantil La Esperanza, llega Narcila Banguera con su hija Carol Dayana. Ambas tienen una actividad muy especial para los cerca de cuarenta niños y las niñas que las saludan, debido a que es su último encuentro en el año, y quizás en mucho tiempo, antes de que a Narcila le asignen otros jardines.

 Hoy vamos a recordar todo lo que hemos visto —dice Narcila.

¿Qué es sawabona? —continúa.

¡Respeto! dice una niña tímidamente.

¿A quién tenemos que respetar? 

A las mamás, los papás grita un niño.

Y, ¿a quién más?

A los abuelos, tíos, tíos…

Debemos respetar a todas las personas. Todos merecemos respeto —continúa Narcila. —Sawabona significa respeto. Tú me respetas. yo te respeto y todos nos escuchamos. Y Shikoba significa: yo soy importante para ti, tú eres importante para mí, todos somos importantes. Vamos a recordar todo lo que hicimos este año.¿De qué juegos se acuerdan?

¡Chiriguare! dicen la mayoría de los niños.

Narcila empieza a recordar los juegos: el lobo, el niño que quiere jugar, abuela Santana, la vuelta del perejil, los pollitos en ritmo de currulao. ¡Muy bien!

Vamos a ponernos de pie dice Narcila mientras que Dayana le pasa un instrumento. —¿Qué es esto?

Un palo de agua! responde un niño.

Muy bien, así se le nombra en la Costa Atlántica. Pero de donde yo vengo, que es Guapi, Cauca, se le conoce como guasá. —Dice Narcila mientras empieza a entonar una canción:

¡Vamos a hacer la vuelta, la vuelta del perejil, para contarle a los niños porque estamos aquí! ¿Quién me dice porque estamos aquí?

¡Para jugar!

¡Para estudiar!

¡Para leer!

¡Para colorear!

Para la consolidación de Sawabona fue primordial el Decreto 507 y 506 de 2017, dado que tiene como objeto “adoptar el Plan Integral de Acciones Afirmativas para el Reconocimiento de la Diversidad Cultural y la Garantía de los Derechos, respectivamente de la población negra, afrodescendiente, palenquero y raizal residente en Bogotá, D.C”.

Según un informe de la Secretaría Distrital de Planeación, para 2014 había 155.088 afrodescendientes en la capital. La estrategia ha cubierto cerca de cien jardines infantiles en 18 localidades:  Antonio Nariño, Barrios Unidos, Bosa, Chapinero, Ciudad Bolívar, Engativá, Fontibón, Kennedy, Mártires, Puente Aranda, Rafael Uribe, San Cristóbal, Santafé, Suba, Teusaquillo, Tunjuelito, Usaquén y Usme.

Sabedoras afro

Pese a que la estrategia transmite el conocimiento afro por medio de cantos, arrullos, comidas, juegos y medicina ancestral, lo  que permiten reafirmar los valores para el cuidado y respeto por el otro, es necesario decir que no todas las sabedoras por el hecho de ser afrocolombianas saben hacer trenzas o cocinar, o cantar. Cada una escoge su saber de acuerdo a la conexión que haya generado en su infancia, sin caer en en estereotipos.

Janett cuenta que de niña, y pese a vivir en Tumaco donde la mayoría eran afros, no le gustaba ser negra. Cuenta que admiraba más a las niñas mestizas de su colegio. Después de pasar la adolescencia, y gracias a muchos procesos de reconocimiento que  implicaron discriminación, sintió la necesidad de acoger todos sus saberes para empezar el proceso de liderazgo en Bogotá, donde lleva 9 años, un proceso de empoderamiento para que cada vez menos niños y niñas vivan lo que a ella le pasó, para romper con la vergüenza y los estereotipos que hacen sentir a los niños que no son bellos o que los vuelve objeto de discriminación.

Además de ser sabedora ancestral afrocolombiana, Janett conformó en la localidad de Engativá una escuela de liderazgo que se llama Renacer afrocolombiano, y allí, junto a otras mujeres que ella fue encontrando en el camino y que la han acompañado, dan talleres a cerca de cincuenta niños, niñas y adolescentes todos los sábados. También hace parte activa del Comité Local de Empoderamiento de las Mujeres Afrocolombianas, y cuenta con experiencia de más de 12 años en procesos lúdicos y pedagógicos con niños y niñas de la primera infancia.

Cuenta que los juegos tradicionales que les comparte a los niños, son los mismos que ella jugaba todas las tardes en Tumaco, antes de que anocheciera y se fueran al río a refrescarse: aguacerito, buenos días mi señora, el escondite, la lleva, la culebra, mi mamita no está aquí, yeimy, cáscara de huevo, casimba, entre otros.

Además, Janet ha sabido involucrar a los profesores en este proceso y hace talleres de reflexión que están más cerca de ser rituales de sanación que los profesores agradecen y le piden.

Esta sabedora también es reconocida por hacerle un ritual de baño a los bebés con agua de canela evocando a los dioses afro, para que los niños relajen su cuerpo, descansen después de su día. Su significado está orientado hacia el amor y afecto y al vínculo del hijo hacia la madre. Posterior al baño, Janett canta  unos arrullos: la pomarrosa, agüita de canela, duérmete negro José, que permiten generar un ambiente tranquilo y acogedor que propicia el descanso de niñas y niños.

Por su parte, Narcila cuenta que lleva veinte años en Bogotá. Recuerda que desde niña sentía una pasión por la música afrocolombiana que fue olvidando poco a poco sobre todo en la capital.

“No es un secreto que uno llega a esta ciudad tan grande y olvida lo bonito que vivió en el territorio”, cuenta.

Sin embargo, a través de un colectivo de una mujeres lideresas en la localidad quinta de Usme, volvió a cantar otra vez.

“Ellas me explicaron que la música afrocolombiana se estaba reconociendo y conformamos un grupo de mujeres para cantar en los espacios que podamos”.

Gracias a ese colectivo, entró a hacer parte de las Sawabona donde comparte sus saberes con los niños desde la música y los juegos ancestrales.

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